Y me preguntan: ¿Que es ser inmigrante? ¿Cómo se siente? Se siente la soledad de haber perdido el hilo de la vida.
Ayer me enteré que murió Héctor. Fuimos amigos y compañeros, compartimos valores y fuimos socialistas cuando éramos jóvenes… él siguió siéndolo, yo emigré. Ser inmigrante garantiza la ausencia en los puntos clave de la existencia cultural y afectuosa. Héctor se casó con el amor de su vida, y yo estuve ahí...Tuvieron un hijo, lindo y fuerte. Le pusieron Diego… yo le compré un sueter de alpaca con diseños de llamas. Yo visitaba y comía en su casa, nos reíamos de bobadas y jugábamos con el bebé. Teníamos sueños de arte y fama. Compartiamos inseguridades y preocupaciones cotidianas...Yo, Héctor y su esposa, la radiante, casi perfecta Isabel. Luego, tuvieron otro bebé… yo iba menos a comer, mucha bulla, pero sabía que ahí estaban, que eran un refugio que entendía mi idioma y mis miedos.
Trabajabamos en teatro, él mucho mas que yo, pero nos apoyábamos y salíamos de los ensayos en las madrugadas a comer un bistek con frijoles en el mercado. Recuerdo que el tequila y de vez en cuando, una guitarra, formaban parte de esas noches intensas de discusiones e ilusiones, planes e infrecuentes regocijos.
La migración para mí no fue debajo de un camión de frutas, ni le pagué a un coyote para que me guiara días por el desierto. Me subí a un avión y presenté el pasaporte junto con mi marido el americano. No he pasado hambres, si es que uno no cuenta el hambre del olor que deja la lluvia en agosto o el hambre que siento pensando en el día a día que no estuve ni para apoyar, ni para compartir. La migración me ha dado hijos gringos a los que adoro, pero los cuales no entienden una gran parte de lo que forma el alma de su mamá; la migración me ha dado una linda casa, un marido que me quiere y un vacío tremendo sabiendo que no estuve en ese hilo de la vida que vivieron los que quise. No basta el teléfono para sentir el delirio de una nueva vida, ni la angustia de una pérdida. No se puede abrazar a los niños, ahora adolecentes para decirles que han crecido… yo no estuve presente durante su crecimiento, así es que llevo regalos y ellos resignados, me acompañan al Café Tacuba y sonríen con paciencia cuando les cuento mis recuerdos, los de “los tiempos de ántes” porque todo lo de ahora, nunca lo viví.
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